El G-20 se reunió la semana pasada para discutir importantes temas relacionados a la regulación financiera post-crisis. Como suele suceder en este tipo de reuniones, los resultados no fueron los esperados, con decisiones importantes postergadas en espera de alcanzar un consenso. Lo que si se acordó fue la formalización de un hecho muy relevante, que sin embargo en la práctica ya se había patentizado a raíz de la crisis de finales del año pasado: el G-8 ya no es suficiente para coordinar medidas económicas a nivel internacional, en particular ante el avance de los países BRIC (Brasil, Rusia, India, China) y similares. Por tanto, el G-20 asumirá las mismas.
Esto en principio es deseable. En primer lugar, porque la importancia económica de los BRICs ya no puede ser desestimada. En segundo lugar, porque una economía globalizada requiere de una mayor coordinación entre sus actores, y el G-8 ya no era lo suficientemente representativo. En tercer lugar, porque en una economía globalizada los problemas de los grandes terminan siendo los problemas de todos, y si hay que cargar con las consecuencias al menos nos gustaría tener algo que decir sobre las soluciones.
Para algunos, el ascenso del G-20 marca el fin de la hegemonía de Estados Unidos, el paso a un sistema internacional multipolar. Pero la misma existencia del G-8 ya sugería el que los Estados Unidos no eran lo suficientemente poderosos para mover todos los hilos por sí mismo, que necesitaba ayuda. El principal cambio vendría más bien porque en el G-20 ahora hay países que hasta no hace mucho se consideraban emergentes, y de alguna manera su entrada en este club señala que ya llegaron, ó que al menos están lo suficientemente cerca para que se les permita sentarse a la mesa. Este puede ser el desenlace más dramático de la recesión internacional.
En este mismo contexto, hemos visto como China ha movilizado su política económica de forma tal de incentivar el consumo interno y no depender tanto de las exportaciones (a USA y al resto del mundo). Lo mismo parece estar haciendo Japón, que considera dejar que el Yen se aprecie, lo que beneficiaría el consumo interno y perjudicaría las exportaciones. Y en medio de todo esto surgen pláticas sobre la necesidad de una alternativa al dólar como la moneda de reserva de referencia internacional.
Por supuesto, el problema al momento de definir el tamaño de cualquier grupo como este siempre es balancear la representatividad con la efectividad. Definitivamente, el G-20 es más representativo que el G-8. Para empezar, son 12 países más. Pero además, son 12 países con un grado mucho mayor de diversidad que los representados en el G-8. De Brasil a China hay muchas más diferencias que de Estados Unidos a Francia. Sin embargo, esta diversidad también puede dificultar alcanzar los consensos necesarios para tomar las medidas importantes. Después de todo, vemos como otras organizaciones internacionales aún más representativas muchas veces tienen problemas para tomar decisiones que vayan más allá de la retórica.
Este es el reto para el G-20: ¿cómo convertirse en un referente efectivo de la economía mundial? Porque por un tiempo el G-8 lo fue. Y los primeros resultados fueron mixtos. Excluyendo las declaraciones “bombásticas” sobre el fin de la crisis, como las describió Alberto Padilla en CNN en Español, la decisión más importante fue la de mantener las políticas de incentivo hasta asegurarnos que no sólo hemos empezado a subir el hoyo en que caímos, sino hasta que efectivamente salgamos del mismo. Pero el resto de las reformas financieras sigue aguardando por un consenso. Si 20 es mejor que 8, sólo los resultados lo dirán.
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