Así es, quizás la principal consecuencia de la crisis internacional de finales del 2008 sea precisamente la pérdida de confianza en el mercado como el mecanismo más eficiente para regular la economía. Por supuesto, no estamos hablando de una completa sustitución del mismo por otra solución, pues después de todo lo hecho y dicho, nadie todavía propone una solución que en la práctica sea superior.
Pero si es evidente que estamos presenciando una redefinición de la relación Estado-Mercado a partir de dos premisas fundamentales: mayor regulación y mayor intervención estatal para tratar de influir en ciertas variables económicas. Esto no debería ser una sorpresa si tomamos en cuenta que el mercado colapsó a finales del 2008 y que fue necesaria la intervención estatal para evitar males mayores. Además, fueron los abusos que el mercado no pudo controlar los que ocasionaron muchos de los males.
El problema con la intervención estatal y la regulación es que no siempre sigue una lógica económica. Por ejemplo, veamos el mercado de bienes raíces de Estados Unidos. Hablaba el otro día con un experto que me decía que hay un exceso de oferta en el mercado que no desaparecerá en el corto plazo. Para él, la solución más efectiva sería, literalmente, “destruir” casas para equilibrar de nuevo el mercado. Pero como esto resulta políticamente inaceptable, en su lugar se propone un incentivo a la compra de casas cuyo efecto no es aumentar la demanda, sino anticiparla, corriendo la arruga y posponiendo el problema esperando que en el futuro la demanda crezca por razones más fundamentales y por tanto permanentes.
Así que, a pesar que hoy casi que hay pedir perdón para mencionar el mercado, es muy probable que en el futuro cercano volvamos a él. Es una de las ideas más sencillas y duraderas. Es precisamente su éxito el que hace evidentes sus fallas.


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