Mientras estoy en Guatemala en un programa in-company de empresarialismo corporativo, me encuentro con un interesante artículo en el diario Siglo XXI sobre el sistema de seguridad social de Estados Unidos a la luz de la crisis. En realidad, hace mucho que se anticipa la imposibilidad de mantener el sistema actual en dicho país, y la necesidad de reformar el mismo para evitar el colapso. Pero, hasta el momento ha sido políticamente imposible forjar un consenso alrededor de la reforma. Sin embargo, el artículo propone un ángulo alternativo interesante que me gustaría explorar con Ustedes: el paralelismo que podría haber entre la quiebra de GM y la quiebra potencial de la seguridad social.
Hace poco, en otro programa in-company, escuché a un colega defender la forma como la administración Obama manejó la quiebra de GM desde la perspectiva que uno de los principales acreedores era el sindicato, y había que proteger a los trabajadores. Muy bien, excepto que el argumento no tomaba en cuenta el rol que tuvo el sindicato en la crisis que hundió la empresa. Mucho se ha criticado el gran costo laboral de las otrora grandes automotrices americanas en comparación con sus contrapartes japonesas. Tiene uno que preguntarse entonces si ese gran costo no fue uno de los causantes de la quiebra de GM. Por supuesto, es muy probable que la debacle se deba a muchos otros factores también, y sería injusto asignarle toda la culpa a estos beneficios sindicales. Pero creo que también sería ingenuo pensar que no tuvieron un rol.
De acuerdo con el artículo de Sigo XXI, GM prometió en los contratos colectivos con el sindicato United Auto Workers salarios elevados, empleo de por vida, pensiones generosas y asistencia social integral. Tal y como muchos de nuestros sistemas de seguridad social les prometen a los ciudadanos. ¿Será que la quiebra de GM nos puede decir algo el futuro de nuestra seguridad social?
Típicamente, este es un sistema que ofrece “beneficios definidos”. En el caso de GM, estos beneficios debían ser cubiertos por los ingresos generados por la empresa. Para alivianar la carga la empresa compañía podría crear en los buenos años lo que se conoce como una reserva técnica, que le ayudaría a pagar los beneficios en los años malos. De la misma forma, los sistemas de seguridad social en muchos de nuestros países les prometen a los ciudadanos una jubilación, servicios de salud, etc. Y en este caso, la cuenta debe ser pagada por las contribuciones de los trabajadores actuales a la seguridad social, y en su defecto, por el Estado mismo (del presupuesto nacional). Previendo el envejecimiento de la población, se aconseja crear también una reserva técnica.
Ahora bien, si GM le ofrecía mejores beneficios a sus trabajadores que la competencia, estos tenían que provenir de alguna de estas fuentes:
· Una reducción del margen de utilidad para los accionistas
· Mayores eficiencias productivas
· Mayores precios al consumidor
Si el mercado lo permite, la solución más fácil de implementar es la tercera. Por supuesto, por una buena parte del Siglo XX eso fue posible, pero a medida que la globalización incrementó paulatinamente la competencia en todos los mercados (las tres grandes automotrices estadounidense pasaron de tener en 1955 un 95% del mercado de autos livianos en Estados Unidos a un 48% en el 2008), se hizo cada vez más cuesta arriba mantener todo el andamiaje a partir de los precios. Pero conservar el empleo también puede limitar las mejoras en la eficiencia, por lo que tarde o temprano sufrieron las utilidades. La incapacidad de visualizar las consecuencias nefastas de esta situación, y por lo tanto la falta de voluntad negociadora (excepto a último momento, cuando el colapso era evidente), quedarán marcadas para siempre en la historia de GM.
Para los sistemas de seguridad social, el riesgo viene de la potencial incapacidad del país para generar riqueza de forma tal que el Gobierno sea capaz de mantener sus promesas. En parte por la misma incapacidad de este último para manejar responsablemente los fondos de la seguridad social. Pero también por la inestabilidad propia de un sistema que promete un beneficio definido a futuro, sin poder saber a ciencia cierta lo que este nos depara. Por eso muchas empresas, y países, han modificado sus sistemas para pasar de uno de beneficios definidos como el mencionado, a otro de contribuciones definidas. Estos no prometen un beneficio, sino que el mismo dependerá de los ahorros realizados y del rendimiento que los mismos logren generar.
Por supuesto, un sistema de contribuciones definidas introduce un elemento importante de incertidumbre en la planificación financiera personal: uno no puede estar seguro de cuánto será su jubilación. Pero si la historia de GM nos ofrece algo, es precisamente el recordatorio que esa jubilación "garantizada" no es en realidad más que una promesa. Una que puede no ser cumplida, como muchos de nuestros jubilados han vivido en carne propia en el pasado. Es por eso que sería mejor sincerar las expectativas, y no crear falsas esperanzas.


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